El eco eterno del Maestro Reynaldo Ceballos Hernández
Objeto Textual con León

Llegar hoy al CRES Paulo Freire es un ejercicio de memoria y contraste. Las instalaciones siguen ahí, vibrantes de actividad académica, pero hay una ausencia que resuena con fuerza: falta la voz del Maestro Reynaldo Ceballos Hernández (1952-2025). El busto en su honor, rodeado del vibrante cariño floral de su comunidad, nos recuerda la paradoja de la existencia: que las personas somos efímeras, pero que nuestros actos y nuestra esencia poseen la capacidad de volverse eternos.
En este junio de 2026, nos detenemos a reflexionar sobre la figura de un hombre que no solo vio el futuro de la educación, sino que lo construyó con sus propias manos, sin perder nunca el don de gentes y el auténtico desprendimiento del ser hacia el semejante.
El Maestro Reynaldo, oriundo de Las Vigas, Veracruz, fue un hijo de la escuela normal rural de Perote «Enrique Rodríguez Cano”. De esa formación de lucha y compromiso surgió el docente inquieto que se incorporó al aula para fundar el sistema de Telesecundarias en nuestro estado, una proeza que ya lo situaba en la vanguardia educativa regional.
Su insaciable curiosidad intelectual lo llevó a estudiar filosofía y disciplinas humanísticas, impartiendo clases en la UPN antes de emprender su obra cumbre: la fundación del CRES Paulo Freire. En un tiempo donde las tecnologías eran apenas emergentes, el maestro, con un «ojo avizor» envidiable, tuvo la visión de ver que el mundo marcharía irremediablemente por el camino digital.
Con esa premisa, unió la tecnología con la educación de forma pionera, inaugurando la Maestría en Tecnologías Aplicadas a la Educación en el ya lejano año 2004. Esa misma agudeza mental lo llevó, en fechas más recientes, a anticipar la era digital con el Programa Doctoral en Educación y Cultura Digital Pedagógica. Su legado académico es innegable: vio el futuro y se adelantó a él.
Pero más allá de sus impresionantes logros profesionales, lo que definía al Maestro Reynaldo era su inmensa calidad humana. Era un maestro alegre, dicharachero, inteligente y pícaro, que como buen ser humano sabía disfrutar de la vida y compartir con sus semejantes.
Su don de gentes y amabilidad eran la primera bienvenida al llegar a la universidad. «Un café, un pan, agua…», siempre te decía con calidez. Luego, te miraba con esos ojos penetrantes y peculiares, como de búho, una mirada que no era casual, sino el reflejo de su agudeza mental, su experiencia y su formación académica, herramientas que le daban la capacidad de analizar situaciones, fenómenos y personas con precisión.
Sus dichos y anécdotas aderezaban cualquier reunión entre colegas, compañeros, amigos y familia; siempre tenía la frase puntual, el chiste intelectual ad hoc o la respuesta certera ante preguntas retóricas. Aquellas mañanas en el CRES se alegraban cuando alguien llegaba de lejos a visitarlo, trayéndole un pan, fruta o un buen torito de cacahuate. La charla amena y sus chascarrillos alegraban hasta el corazón más acongojado y los semblantes más adustos.
Esta profunda empatía y su capacidad de desprenderse de lo que tenía si te hacía falta, eran auténticas, no una postura simulada. Quizás fue porque en su niñez conoció las carencias y la vida dura en el campo, lo que le permitió sentir un verdadero desprendimiento del ser hacia un semejante. Yo, que lo conocí bien como maestro, alumno y amigo, puedo decir que aquella voz gruesa y peculiar retumba cada día que llego al CRES a visitar o realizar algún trámite.
Se sabía que ya estaba el Maestro Reynaldo cuando su voz retumbaba por todos los pasillos al gritar «Demetriooo….Santiagooo». Y cuando necesitaba algo, era momento de estar atento al llamado y realizar la actividad con premura, no porque fuera un jefe tirano, sino porque su ansia de resolver las situaciones al momento le indicaba un alto sentido de responsabilidad con la escuela y con sus maestros.
Hoy, el Maestro Reynaldo Ceballos no está físicamente en nuestra amada institución, pero su esencia es la que sustenta los muros del CRES. Queda su nombre, su visión adelantada a su tiempo en tantos ámbitos educativos, y un busto en su honor que nos sirve de faro.
El eco de su voz nos recuerda que la verdadera pedagogía no está solo en las tecnologías o los títulos, sino en la calidez, la charla amena y el compromiso con el otro. Ha sido un honor absoluto haber conocido y compartido la charla y el café con un maestro de la vida como lo fue el Maestro Reynaldo Ceballos. Su luz sigue brillando en cada pasillo del CRES. Nos leemos en el siguiente objeto textual
